Son malos tiempos para el realismo mágico en el cine. O quizás se deba a que la pantalla grande y su realismo inherente no acoge de buenas maneras los exotismos, amores fantasiosos e imperecederos y personajes que parecen deambular en dimensiones paralelas, sellos de un tipo de literatura que ya ha caído en cierta obsolescencia pero que cada cierto tiempo –y con el mismo método de producción: el filme global y artístico, creado con talentos de distintas latitudes- es rescatado como ejemplo del “espectáculo” del cine. Lo experimentó Isabel Allende con el bochorno de “La casa de los espíritus” (1993) y el propio Gabriel García Márquez con las fallidas “Crónica de una muerte anunciada” (1987) y “El coronel no tiene quién le escriba” (1999).
Ahora, el octogenario escritor colombiano vuelve a ser adaptado en una producción que ha despertado más interés por su florido reparto que por las cualidades narrativas de la novela lanzada en 1985. “El amor en los tiempos del cólera” está dirigida por el inglés Mike Newell (“Cuatro bodas y un funeral”, “Harry Potter y el cáliz de fuego”), y sus protagonistas son el reciente ganador del Globo de Oro y Oscar Javier Bardem y la italiana Giovanna Mezzogiorno, además de una larguísima lista de estrellas latinas. La conocida historia narra el amor, por más de medio siglo, de Florentino Ariza (Bardem) hacia Fermina Daza (Mezzogiorno), un amor correspondido pero no consumado hasta la senectud de los protagonistas.
Narrada de forma retrospectiva, la cinta comienza con la muerte del esposo de Fermina, el Dr. Urbino (Benjamin Bratt), lo que permite que el paciente Florentino vuelva a manifestar su amor a la viuda, sentimiento que luego vemos desde la más temprana juventud. Con una detallista ambientación, fotografía preciosista y filmada en lugares de Cartagena de Indias, el filme apuesta a ser lo más verosímil posible con el embriagador entorno imaginado por García Márquez, mientras que la elección de su elenco de actores latinos también lo explica de ese modo.
Pero el gran problema del filme de Newell –un director que no puede ser menos apropiado para un proyecto así- es que no logra acercarse ni de cerca a las floridas descripciones del escritor colombiano ni explora de forma correcta los vericuetos del amor obsesivo de sus complejos personajes. Afincado en una estructura clásica de melodrama, el director apuesta por las exterioridades y simplificaciones para suplir la exuberancia de la novela, y por los clichés actorales donde hay pasión y profundidad. Así, es el mejor ejemplo de que en algunas ocasiones, mil palabras son muchísimo más que una imagen.
