Sigamos con los 50 años. Anteayer se cumplieron las cinco décadas del estreno de Sed de mal, la por muchos obra maestra del más grande de todos, Orson Welles. Su estreno, un 23 de abril de 1958, fue como ya se sabe un sonoro fracaso de taquilla y crítica, y el pobre Orson debió mascullar una vez más el ninguneo de Hollywood hacia su enorme talento, demasiado rugiente y adelantado a su época.
La historia de Sed de Mal es algo demasiado conocido. La llegada de Welles a la silla de director en forma tardía y gracias a la insistencia del recién fallecido Charlton Heston (“Haré cualquier película que sea dirigida por Orson Welles”, dicen que dijo), la reescritura del guión en dos semanas por parte de OW, y la posterior mutilación de las órdenes dejadas por el director en un extenso memo sobre cómo debía montarse.
Recién en 1998, gracias al trabajo del crítico Jonathan Rosenbaum y el montajista Walter Murch (Apocalipsis ahora), y por obra y gracia de una copia del memo que Heston había guardado en su poder, se pudo rehacer el filme de acuerdo a las precisas indicaciones de OW, en especial restaurando la grandeza del plano secuencia inicial que había sido alterado con unos horribles créditos.
Esa es la celebración. Pero la razón de este post es un video de Welles del que es su última aparición televisiva, en un anónimo programa televisivo. Allí OW se explaya en una de sus aficiones de niño, la magia, haciendo algunos trucos con cartas con el público presente. Ya con el físico venido a menos, caminando dificultosamente con un bastón, pero siempre dócil y sonriente, el gran Welles mantiene la dignidad pese a la decadente situación, donde es un gastado número de variedades en un rutinario programa televisivo. Si se es severo, puede ser un final indigno de su grandeza, casi una sumisión a los códigos del entretenimiento barato al que él siempre se opuso con talento y genialidad. Pero en su simpatía y relajo para manejar el show se ve a un Welles feliz, dichoso de trabajar en una de sus pasiones, desenvuelto y con gran dominio de la situación. No es casualidad que en los últimos años de su vida, OW destinó sus energías más considerables en filmar una cinta sobre la magia, The magic show, el que quedó inacabado luego de su muerte en octubre de 1985 (las dos fotografías pertenecen a este filme).
Como el propio OW lo dice en el libro de Peter Tonguette, Orson Welles remembered, y que es extractado en un artículo para Senses of cinema escrito por el propio Tonguette, su gusto por la magia no va por la técnica del ilusionismo, sino que es “la conexión con el circo, con ese mundo de gusto dudoso, de terciopelo y orlas de oro, que ya no existe y que me fascinaba y me fascina. Es eso, no los virtuosismos técnicos. El ambiente, la atmósfera del show de magia, eso es lo que me gusta. En teatro nunca vi nada que me pusiera en ese estado de trance. Y no era por la suspensión de la incredulidad sino por su costado ligeramente sórdido y carnavalesco”. Quizás esta explicación dota de sentido a esta pequeña, sencilla y a pesar de todo, gran demostración de una pasión que el enorme Welles puso en práctica en un anónimo programa de televisión. Es su semblante gozoso en un rutinario número de cartas lo que queda para la posteridad. Es como morir en paz porque al final hizo lo que quería. Si el lugar no era el apropiado, es sólo un detalle que no afecta su radiante –y postrera- imagen.

