Se podría suponer que Matías Bize es el cineasta chileno consagrado más a tono con las corrientes que están en boga en el cine reciente. Hay en su propuesta estética de ficciones leves, lánguidas y de visualidad contemplativa, una cercanía con los rasgos que hoy son materia importante de preferencias en los circuitos de festivales en el mundo. En este esquema, Lo bueno de llorar, su tercer filme y que rodó en Barcelona con actores españoles, es la confirmación y la que más refuerza este concepto de innegable “contemporaneidad”.
En efecto, hay aquí una historia mínima, plagada de tiempos muertos, donde importa más lo no dicho, lo que late tras sus desangeladas y nostálgicas imágenes. Es la historia de una ruptura que se desarrolla a lo largo de una noche en Barcelona, donde una pareja (Vicenta N’Dongo y Alex Brendemühl) asisten voluntariamente a su propia disolución mientras caminan, se miran, pasean y van a una fiesta.
En estricto rigor, en la ruptura entre Vera y Alejandro no hay nada, salvo su propia disolución. No hay reproches, pasadas de cuenta, discusiones ni los tics asociados al tema. Este pie forzado (que a Bize le gustan mucho, tanto que parece una marca de fábrica), obliga a desviar la sustancia del relato hacia la intensidad o emotividad puesta en juego. Y es aquí donde la película tambalea porque tras la languidez de los tiempos muertos, poco hay para mostrar. Recuerdo un filme de Nobuhiro Suwa exhibido hace un par de años en el Sanfic, Una pareja perfecta, donde también se asistía desde el mismo minimalismo formal y emotivo, a la ruptura de un matrimonio. El caso de Suwa era extremo: cada secuencia era un plano fijo, y los personajes apenas lograban verbalizar sus emociones, pero el movimiento, el clima creado y sus miradas eran apabullantes para reflejar el dolor de la disolución.
Bize intenta que sus autistas imágenes logren transmitir ese dolor y para ello dispone de actores muy competentes (correcta ella, muy bien él), una música nostálgica y ondera y el cliché de la noche en una ciudad casi fantasmal. Pero el resultado no logra vehiculizar casi ninguna emoción porque el director carece de punto de vista sobre la situación y porque deja todo en manos de la percepción del espectador, esperando que estos traduzcan ese vacío en algo con sentido. La vana pretensión de cierto cine contemporáneo en intentar reflejar con el mínimo de recursos una idea, sentimiento o dramatismo escondido tras sus imágenes, opera en una misteriosa progresión: mientras menos se pone en juego –expresivamente hablando-, más es lo que supuestamente dicen estas imágenes. Cuando se trata de temas dominados por los afectos o sentimientos, puede importar más la ritualidad del cuerpo o las miradas que las palabras; Bize no opta por ninguna de ambas. Sólo se advierte la derrota de sus personajes, quiénes ya tomaron una decisión aunque no se sabe por qué ni qué es lo que hace que esta ruptura sea dolorosa. Sus cuerpos no dicen mucho y sus miradas son en general inexpresivas.
Esta retórica vacía y pretenciosa termina siendo una especie de forzamiento hacia una mirada ya añeja (Wim Wenders hizo cumbre con sus obras maestras de los 70 como Alicia en las ciudades y El transcurso del tiempo, y Jim Jarmusch lo propio con la magnífica Stranger than paradise, cintas en qué básicamente no pasaba nada pero habían ideas y puntos de vista muy fuertes detrás), que más que querer expresar algo parece prolongar los dictámenes de la moda y ciertos clichés asociadas a la “modernidad” de algún festival de cine de turno.
Hay una escena que reafirma esta opinión, y es cuando Vera le confiesa a Alejandro en un supermercado (en que por cierto no hay un alma) que estuvo embarazada y que abortó. Hay una explicación de las razones y describe cómo tomó la decisión…. y la reacción de Alejandro es mirarla con expresión bovina sin decir nada. A la escena siguiente, el tema del aborto ya está olvidado sin repercusión alguna. ¿No es acaso un tema lo suficientemente fuerte cómo para que alguna subtrama, por modesta que sea, pueda desarrollarse a partir de una revelación así? Es curioso, pero la escena con más cuerpo del filme es aquella en que ambos, sentados en la vereda, juegan a mandarse mails en un hipotético futuro, donde justamente el núcleo de la situación es que por primera y única vez, abren su corazón y expresan lo que sienten. No se trata de que el filme vaya por un carril –el de la explicitez de sentimientos- que claramente no es su camino, pero es importante que este silencio no sea el equivalente de vacío, ni narrativo ni de puesta en escena. El gran problema es que Bize cree que un tema potente y dramático como una dolorosa ruptura (es dolorosa porque los personajes interpretan el dolor pero sin alma) se explica porque sí, haciendo una improbable ecuación entre minimalismo y densidad de emoción tras su planteamiento.
Por ahora, Lo bueno de llorar se suma a una larga lista de filmes contemplativos, lacónicos y de abierta gratuidad de recursos, en que la carencia de ideas se intenta suplir con imágenes en boga y con la buena voluntad del espectador para “llenar” una historia que asemeja más bien a un discurso vaciado de ideas y por sobre todo, de sentimientos.


