Son tiempos cínicos, qué duda cabe. Cuando pareciera que ya no hay nada que nos sorprenda, y donde todas las fórmulas no sólo parecen estar exploradas sino que exprimidas hasta niveles extremos, que alguien hoy levante la bandera de la ingenuidad y el idealismo, resulta sorprendente.
Pero aclaremos. Ingenuidad narrativa e idealismo en su forma de ver al mundo. Eso es Mi nombre es August Rush, un cuento de hadas contemporáneo sobre la orfandad y la genialidad artística, que parece hecha o pensada hace décadas atrás por su candor. La historia es simple: un niño nacido producto de una relación casual entre un rockero irlandés (tal como PD: I love you, irlandés significa rockero, desafiante, bello, artista e incorregible) y una muy compuesta cellista estadounidense. Antes de que se vieran por segunda vez, ella está embarazada, su padre la engaña dando al niño en adopción a espaldas de ella y nunca más ve al rockero. Han pasado diez años y el chico, quien se ha transformado en un Jean Baptiste Grenouille (el protagonista de El perfume), pero con un oído privilegiado en vez de olfato, decide ir en su búsqueda porque su instinto le dice que ellos estás más cerca de lo que se supone.
En esta película, todo se soluciona a niveles poco racionales. El instinto es el gran catalizador de los conflictos. El niño presiente que sus padres están vivos, la madre presiente que él existe, el asistente social presiente que el chico esconde algo más y Robin Williams no sólo presiente (está seguro) de que se hará millonario con los talentos del nene.
Esto es porque Evan (el nombre del niño), heredó las capacidades musicales de sus padres pero a niveles sobrehumanos. Y en esto, el filme no se guarda ningún pudor: escucha melodías celestiales del ruido de los cables telefónicos, las bocinas de los autos en el horrible tráfico de Nueva York es una sinfonía virtuosa y aprende a tocar magistralmente la guitarra dándole golpes a las cuerdas (¡sin jamás haber tocado una antes!).
Los ecos a Dickens y en especial a Oliver Twist laten de manera directa en la comunidad de huérfanos-artistas que viven en un teatro abandonado y cuyo líder y mentor es Williams, quien a la manera del Fagin de la novela, los acoge y enseña, pero inevitablemente los explota. Es válida la opción del filme de componer un moderno cuento de hadas donde prácticamente todo vale, sacrificando la más mínima verosimilitud argumental. Como también es válido pintar un mosaico humano donde hasta los supuestos malos tienen rasgos de bondad o al menos son encantadores.
Lo que resulta más sospechoso es basar el relato es una figura de melodrama que no para de entregar golpes bajos a la emoción del espectador, enfatizando de manera insistente en la relación entre paternidad y predestinación, así como en el poder de la música –o el arte a secas- para alivianar los males del mundo. No por nada August Rush recuerda a Mozart en su precoz genialidad (en su primera clase en la Escuela de Música Juilliard escribe una sinfonía), justamente el epítome del talento creador que nunca pudo superar sus traumas de infancia. En este mundo regido por lógicas demasiado gruesas donde un rockero desaliñado pasa a ser un yuppie adinerado y luego renuncia a todo, o un niño escucha música en los ruidos callejeros y luego dirige una orquesta en Central Park, hay una voluntad naif que hace apenas soportable el filme, pero no impide que sea un producto sumamente extraño y atípico. Casi a contrapelo de todo, incluso de Hollywood.
