Cuando leí ayer sobre la muerte de Sydney Pollack, una imagen me vino inmediatamente a la memoria: la foto en que George Lucas, Harrison Ford y Steven Spielberg se tomaron en Cannes para el estreno de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Si estos prohombres fueron capaces de transformar al festival que se supone es el más prestigioso del mundo en un evento casi al servicio del personaje de Ford, una gigantesca vitrina comercial donde los más populares cineastas del orbe apuestan una vez más sobre seguro, no deja de ser curioso que Pollack, un tipo que a comienzos de los setenta fue tanto o más popular en Hollywood como hoy lo es Lucas y Spielberg, nunca jugó sobre seguro en su carrera.
Pollack fue la bisagra de un Hollywood que empezó a cambiar para siempre. Un tipo formado en la austeridad del cine de los sesenta que aprendió de la televisión su simpleza argumentativa y su racionalidad de puesta en escena. Y que se mantuvo fiel a su eficacia comercial cuando las franquicias y la moral adolescente empezaban a invadir al negocio del cine. Pero más que las modas de turno, Pollack era una especie en extinción. Un tipo de director y productor que creía que el cine sí podía mejorar o cambiar el mundo, o al menos que podía generar debate sobre temas importantes. Y si bien la definición de cine político que siempre se le dio a algunos de sus filmes era un poco exagerada (podía ser político para los estándares de Hollywood, o sea, en la medida de lo posible), el tipo nunca cejó en su intento por lanzar temas incómodos para su país.
La popularidad de Pollack ocurrió en momentos en que Hollywood estaba imbuido de aires progresistas y no tenía temor de criticar aspectos discutibles de su sociedad. Eran los tiempos de Watergate, en que las certezas ya no lo eran más y tanto la corrupción como la violencia y la política estadounidense eran observadas por un ojo agudo y crítico. Si Sydney Lumet lanzaba Todos los hombres del presidente o Tarde de Perros, Pollack discutía sobre los métodos de la CIA en Los tres días del cóndor. A diferencia de los directores de hoy, a Pollack le atraían los personajes, sus relaciones con el mundo y con ellos mismos, y el resto (la parafernalia, los efectos especiales, la demagogia) nunca estuvieron de su lado. Era un verdadero artesano, humilde en sus ambiciones artísticas pero ambicioso en entregar al público historias adultas y sin menosprecio por su capacidad intelectual.
Si se afirma que la grandeza artística de alguien lo define su capacidad de desarrollarse en diferentes registros, Pollack era el hombre. Transitó desde el western al thriller, con especial predilección por el drama romántico (Africa mía, una de sus cimas), y aportó su sapiencia de productor en títulos tan eficaces como Sensatez y sentimientos o El talentoso Sr. Ripley. Además era el amigo de todos, el tipo que podía enfriar los ánimos en el set de Ojos bien cerrados y calmar la angustia de Tom Cruise, así como despertar la temprana sensibilidad progresista de Robert Redford en la bella y silenciosa Jeremiah Johnson –en total lo dirigió en siete ocasiones-.
Sigo pensando en la fotografía. Y no deja de ser curioso que un día antes de su muerte, el domingo pasado, se estrenó en Estados Unidos Recount, un telefilme de HBO que narra un borrascoso episodio de los últimos años en ese país: la elección presidencial en Florida del 2000 que le dio los votos definitivos a George Bush para ser elegido presidente pese a que hubo sospechas de que fue fraudulenta. Pollack lo iba a dirigir cuando se le diagnosticó el cáncer que acabaría con su vida. Y mientras unos estaban en La Croissette, aprestándose a contar los millones de dólares que caerán como diluvio, otros se metían en las patas de los caballos en un pequeño filme para televisión, que “sólo” aludía al mayor escándalo político de los últimos años. Pollack no logró dirigirlo, pero su nombre en los créditos demostró su coherencia hasta el final de su carrera.

