Un asunto de principios. Luego del gran éxito de La criatura de la noche (Déjame entrar), a Tomas Alfredson lo llamaron de Hollywood para ofrecerle dirigir la secuela de Crepúsculo. Era una apuesta obvia pero con resultados improbables, ya que su cinta ni siquiera está en la vereda opuesta de la saga de Stephenie Meyer: vive en otro barrio y habla otro idioma.
Porque decir que el filme es la mejor cinta de vampiros de los últimos años, no le aporta gran mérito dentro de un género bastardeado con todo tipo de bodrios cuyo rasgo mayor es la anemia creativa. Por el contrario, La criatura de la noche -que se estrena este mes en el país- se levanta como uno de los filmes de iniciación existencial más perturbadores que se conozcan, donde un tema tan profundamente vampírico como el sexo emerge en toda su ambigüedad, mezcla de deseo, imágenes idealizadas y fuertemente represivo.
Amor y colmillos
1982. Estamos en Blackeberg, un suburbio de clase media-baja de Estocolmo. La nieve cubre los blocks de edificios como un desierto que embota los sentidos. De este lugar gris y monótono emerge Oskar (Kare Hedebrant), un niño de doce años que vive con una madre apenas visible, un padre ausente y que es víctima de bullying, la disfunción social de moda. Oskar trata de liberar su ira reprimida jugando a ser un imaginario justiciero de sí mismo, donde con cuchillo en mano se venga de sus matones. Eli (Lina Leandersson), una chica morena y pálida, lo observa. Pareciera que tienen la misma edad, pero el semblante de Eli se revela como profundamente más maduro, como si en su mirada triste y cansada se resumieran centenares de años y experiencias como las que ha presenciado el androide de Blade Runner.
El encuentro entre ellos no saca chispas ni es un flechazo. Recordemos, esto no es Hollywood. El morbo de Oskar por su misteriosa vecina es una mezcla de ingenuidad y un deseo erótico no plenamente asumido. Eli trata de contener el “interés” de su amigo jugando a la indiferencia, pero a la escena siguiente vemos que más que eso, es un acto de sobrevivencia…para él. Eli es una vampiro, y de las brutales.
Alfredson ha dicho que no conocía la figura del vampiro y su mitología. Que nunca le había interesado mayormente. Por ello en su filme no hay de esas típicas muletillas asociadas al género: los colmillos, la sexualidad desatada (tipo True Blood), los crucifijos. Lo suyo son dos niños que observan al mundo desde la perplejidad y que se asemejan a Mafalda en la forma en que perciben a los adultos.
Adaptada de la novela Let the right one in, de John Ajvide Lindqvist, el título toma su nombre de la canción de Morrisey Let the Right One Slip In, que significa “deja entrar al correcto”, alusión que en terminología vampírica se refiere a que los chupasangres sólo pueden entrar a un lugar si es que le es permitido, y que en el caso de esta cinta opera en un doble nivel ya que es también el deseo romántico de Oskar, por una parte, y la búsqueda de afecto que Eli parece necesitar.
Convertida en un éxito en Suecia, los derechos de la novela tenían una larga lista de interesados cuando Alfredson entró al ruedo. Y las cosas se definieron cuando en un encuentro casual con Lindqvist, le mostró sus filmes anteriores y el escritor aceptó su oferta. Incluso más, este ya tenía escrito el guión, el que se acercaba plenamente a los intereses de Alfredson, para quien la historia debía ser fuertemente realista, de gran austeridad narrativa y donde el sexo estuviera ausente aunque sus implicancias debían rondar decisivamente a los personajes.
“Me interesó la combinación de lo irreal y lo humano. Pero lo primero que me introdujo en la novela tiene que ver con lo segundo. Se trata del acoso escolar que sufre Oskar, el niño protagonista. Algunas situaciones del libro tenían relación con episodios de acoso escolar que sufrí en la infancia, y me interesaba hablar de ese problema”, ha dicho Alfredson.
El resultado seduce y embriaga. La película se organiza en torno a una sensación de soledad apabullante originada en la permanente agresión que sufre Oskar en su colegio, lo que se traspasa a todos los ambientes y se traduce en imágenes gélidas y una iluminación que de tan realista deviene en irreal. El terror no proviene de los asesinatos que empiezan a ocurrir en la ciudad cuando Eli y un hombre mayor llegan a vivir al block de Oskar (en la novela, este es un pedófilo), sino que de estos rincones lúgubres como la plaza o el bar del barrio, donde los humanos deambulan como fantasmas. Paradójicamente, la relación de estos niños es el único signo de vida en tan deprimente paisaje.
La película se estrenó a comienzos del 2008 y obtuvo su consagración ese año cuando ganó el premio mayor en el Festival de Tribeca. Lo que siguió fue una montaña impresionante de premios que incluye el Bristish Independent Film Award, el Saturno de la Academia de Ciencia Ficción de EEUU, el del Festival de Sitges, el premio de la audiencia en Toronto y, uno de los más reveladores, el premio del jurado en el Fant-Asia Film Festival, donde saben de cine fantástico y de terror.
Con humor, Alfredson ha dicho que una de las claves para entender el éxito del filme es que la idiosincracia del sueco calza perfecto con el tema del vampiro: plagado de silencios y oscuridad. “Los suecos están especializados en la comunicación a través del silencio. No responder a una pregunta puede ser asimismo una respuesta”. Por ello, no entiende la razón por la cual Hollywood realizó un remake de su filme: “No se dan cuenta que no hay mejor lugar para un vampiro que Suecia, donde tenemos noches de 23 horas”. Más claro que el agua.